Australia
¿Qué pueden estar haciendo dos Vitorianos en Australia?
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Ahí va la prometida segunda versión de la imagen que subí hace unos días. ¿Cuál os gusta más? ¿La primera o la segunda? ¿Cómo que ninguna? ¿Las dos os parecen una mierda? ¿Pero de qué vais? ¿Venís a mi casa a insultarme de este modo? ¿No tenéis vergüenza? ¡¿Ehh?! ¡¿Ehhh?!
No me digáis que no sería mucho mejor tener un guarda de seguridad como el de abajo, con su revolver incluído, en vez de uno de esos gordos zampa-hamburguesas que vemos custodiando la entrada a un polígono industrial.
En un par de días o tres subiré otra versión de esta imagen, con casi los mismo elementos pero con un estilo diferente. Stay tuned!
Maldigo esa sensación que a uno le sobreviene al cruzarse con un miembro uniformado de las fuerzas de seguridad del estado. Esa que te hace intentar parecer la persona más inocente del mundo. Como cuando en plena adolescencia, y una vez habiendo descubierto el maravilloso mundo del alcohol, llegas un sábado temprano a casa, sin haber probado en toda la noche ni un mililitro del néctar de la desinhibición, e intentas ante tus padres parecer el chaval más sobrio del mundo. De tanto hacerte el simpático, locuaz y dicharachero (por aquello de hacer notar que puedes vocalizar perfectamente), tus padres acaban dándose cuenta de que no estás borracho, pero que es posible que te hayas dado a la farlopa.
La policía siempre va a pensar mal de ti, hagas lo que hagas.
Pincha en la imagen para ampliarla. ¡Es una orden!
Parece obvio que la tijera pueda con el papel, y que la piedra le gane a la tijera, pero ¿qué es eso de que un puto papel de mierda venza a una piedra? ¿Que la envuelve? ¡Ohh! ¡Ohh! ¡Cuidado que la asfixia!
¡Dios! Cómo esperamos construir una sociedad justa y democrática si tenemos los cimientos podridos.
Pincha en la imagen para ampliarla (no sé si debería dejar de poner esto, porque parece bastante evidente)
El otro día me instaba un asiduo lector de este casquivano blog a mostrar -por curiosidad, decía- mi escritorio, el lugar donde trabajo. Dicho y hecho. Ahí lo tenéis. No encontraréis pantallas panorámicas de 30 pulgadas, ni despampanantes tabletas gráficas, ni tan siquiera un mísero ratón. Sólo unos folios sueltos en los que, mediante un truco de magia negra y un par de líneas de código, consigo instalar el photoshop y trabajar en él con mi stabilo favorito.