El niño se soltó sólo cuatro segundos de la mano de su madre. Durante el primero giró su mirada hacia el inmenso pinar rojizo que tenía a su derecha. Gastó otro segundo buscando en la montaña de su izquierda un hueco donde apoyar su mano y el tercero volviendo la vista de nuevo al basto paisaje. Empleó el cuarto y último de esos segundos en correr de vuelta a la mano de su madre.
Escape
Así es como tenían que haber acabado los pasados juegos olímpicos; con un gigantesto hombre-pebetero persiguiendo a todos los atletas que no consiguieron medallas.




